Ven sobre los mares, sobre los mares mayores, sobre los mares sin horizontes precisos, ven y pasa la mano por el dorso de fiera y cálmalo misteriosamente, ¡oh domadora hipnótica de las cosas que se agitan mucho!
-Álvaro De Campos-
“Porque esta inevitable realidad de fierro o de barro tiene que atravesar la indiferencia de cuantos estén dormidos, o muertos.”
Frid Kahlo, Roots (Raices)
-J. L. Borges, Insomnio-
La
De
La
Vida
Algo me despertó del sueño y me trajo hasta aquí como en tres partes. Ni siquiera me atrevo a enunciar de qué Tres se trata, algo aparece: un poeta menor, un poeta mayor y su estatuto: La Poesía.
Se multiplican tus formas, Vida.
Palabras que no dije, palabras que me sobraron, podrían estar a continuación. El ánimo de haberlas querido borrar fue porque aparecieron representando algo que aquí y ahora quiere adoptar otra forma, porque alguien antes las dijo, eso que llamo: Vida.
Igual continuaré diciendo aunque no se las puede tener, permanece el deseo de dormir con la ilusión de estar callada, pero no duermo, y sé que el silencio también en el sueño es imposible.
Me anticipo a la insubordinación que me atosiga frente a las leyes del lenguaje, es por todos sabido -por casi todos al menos una vez- la pretensión de poseer lo que decimos, de componer una imagen completa tanto como el lenguaje nos orada.
Alguna vez habré alcanzado algún registro que fuera eterno, lo Eterno-Universal sobornando los tropos... síndromes en la gramatología... síndromes en la semántica... seguramente no he podido dejar de ceder ante la tentación de Lo Único.
He usado muchas veces la tercera persona del singular y su uso me pareció un desquite, también falsifiqué género y número y acometí en exceso el adjetivo. No me exculpa ninguna exculpación ya que explicarme es en sí mismo otro desquite, pido disculpas entonces por las palabras que habré dicho y por las que todavía diré: mis dolencias.
Pilar García Puerta 22/02/2006,Domingo, 26 De Febrero De 2006
jueves, 19 de febrero de 2009
FOLLETIN PASIONAL ENTRE LAS LLUVIAS (En memoria de *** muerta por su amante)
¡Despierta, inmensa ciudad! Las viejas, al atardecer, tejían indefensas lanas, en sus cubiles ocres, junto al frío,cubiertas de indiferencia y polvorientas arañas. Las sombras, los parques mutilados, y las turbias mujeres lívidas paseando perros horribles, eran ya sólo el paso doloroso de un gran día. ¡Ciudad impura y roída! Con la lluvia sobre las luces, detiene a esa criatura envuelta en llamas, con una bala en la boca y los cabellos casi agrios, atravesando uno a uno tus edificios miserables, -donde sonríen los durmientes: “Soñamos con bellos muertos...” -Cruzaba todas tus puertas como el viento ciego en los árboles, hasta golpear con su cuerpo en el espacio desnudo. ¡Oh, muchacha de sonriente mejilla! ¡De huracán destinado! Dormías, sin embargo, con la noche ocupando toda tu piel y tu pelo, y al amanecer, vestida con ligeros linos, tal una vana diosa, cantabas entre las verduras y la leche sumisa. O como una sombra brillante, hundiéndote en los espejos, con anillos dorados, entre puntillas marchitas, al compás de los perfumes, los besos y las caricias nocturnas. Vivías sin saber nada hasta caer en tu herida. Tus ojos, sueltos de pronto, miran con un largo llanto. Suaves rufianes de meloso cieno y flores nauseabundas. Esos gestos, como la arena mortecina... Hombres que el alba envuelve en vagos lienzos salobres, mientras que el viento que sonríe por las hojas no ha penetrado nunca bajo sus máscaras azules. Canallas inocentes, despojos que el demonio enamora. “¡Qué melodiosa es la hierba húmeda...!” -¡Ah, sólo quien está muerto puede dormir en esos lechos...! Hoteles de luz rota por el vicio, con sus paredes de mágicos papeles mortales, como charcas estivales, ligeramente corruptas. Mujeres en cuyo aliento se duerme funeralmente, atrayendo hacia sí suaves nieblas con que ocultar su ceniza. Todos con su angustia inmóvil, graciosamente malditos, subían desde El Bajo a ver el drama. Ella descansaba, sin cirios, pero espléndida como una infanta. Y la sangre de sus mejillas cubríale ya todo el pecho. ¡Oh, insensato! Amaste sus hombros pulidos como piedras marítimas. Su cabeza cubierta de esencias perfumadas. Y su pesado cuerpo macizo que no era el ensueño ni el aire, sino algo carnal y terrestre, insaciablemente nítido y enigmático, vibrátil como un bosque cálido, donde la muerte, bajo la piel voluptuosa, latía con delicadeza. Y los redondos pechos colmados por un hálito tibio.
¡Oh, tenebroso mártir! ¿Oyes tu alma gemir alrededor de esos miembros cuya belleza es ahora una llaga ignorante en tu corazón...? Pobre cuerpo violado por una luz fulmínea: “el amor no es tan sólo una sonata”. Víboras con floresconducen de nuevo la lujuria a su indolente ataúd. Con el hueco rostro vacío, parecido a una llamarada, corría la amante, alzando la mirada cárdena, precipitándose a solas bajo las losas oscuras. Criatura casi divina entre la tierra y el rayo, como una niña extraviada en el esplendor de su espanto. “¡Abridme!” dijo, y gemía arañando los muros sórdidos, el rostro lleno de vidrio y la deshecha garganta. Y cual la luz en un río, caía envuelta en su estertor, y ya sin poder salir de él para siempre, como aprisionada por una vaga espuma rojiza. La anciana, con sus rugosas manos de corteza, tanteaba los muebles y el fango de la noche, ritualmente, buscando el cadáver de su hija. Pero sólo conseguía derramar los floreros sobre el espacio indescifrable entre las grandes burbujas de su corazón. Ese pavor casi tierno, esa paciencia henchida de eternidad... Ah, tan sólo el agua helada, rompiendo las ventanas, como el pájaro atraído por el fruto más puro, descendía insensible hacia donde la joven yacía besada en la boca por el fuego. Extrañamente yacía, pálida y lejana. Tan próxima al tumulto y al horror, y ya tan ausente y plácida, huyendo por sus heridas en lerdos arbolillos rojos. Paso a paso, tal como sube el vaho hacia el crepúsculo invernal, sus ropas se le transforman en un sudario empapado, y su rostro de lava gris sonríe con majestad fúnebre. Sólo sus pequeños zapatos sabían cómo había caído, y de qué modo su cuerpo llenósele de blandura para podar hasta el suelo, debajo de sus clavículas. Coronada con luciérnagas muertas, y esos perdidos élitros que la luz abandona, volaba despacio la lluvia, aldededor de los amantes, fríamente sagrada y distante como un dios al que apenas conmueve la oración o el alarido. Goteaba la sangre en los escalones marmóreos, con pausada opulencia, con sus tallos movidos por una ráfaga espesa y cruel, calcinada por un triste soplo. “¡Qué armazón desolada, un cuerpo hueco!” Estatua que se vacía hasta llevarla una hormiga, como un cementerio de pájaros, con pequeños huesos brillando... ¡Oh, qué calma devastadora en esa leve forma que ha servido a la vida, colmadamente, como un prado demasiado pródigo...! La sangre abría las puertas del olvido. Tristemente crecía en la nocturna espesura, como un quejido entre cortinas, con un cortejo melancólico. Su lúgubre árbol se movía entre la brisa. Cada instante más fúlgido, hasta cegar al desdichado. La mujer deslizábase al mar por viscosos declives, ya inviolable y reunida, atrayendo viejas lágrimas, palabras apasionadas, sobre la lumbre triste de su carne. ¡Oh, Dios! Cuánto perdón es necesario... ¡Cuánta pasión soporta sobre su haz una pequeña gota roja...! Las raíces del mundo se nutren de esos frutos. Ángeles antiguos se erguían con un agujero en los ojos. La sangre llegaba a ellos con la muerta en los brazos. El asesino, llorando, le decía dulces memorias, unidos para siempre por el odio y el amor como por dos relámpagos, en el sopor eterno de la tierra, como en el regazo de un sufrienteídolo. Un silencio bajo, un vasto silencio, traído por un pobre viento húmedo, envolvía, como una planta trepadora, esa muerta de espaldas con los labios destruidos, que pasaba, ignorante, entre lucientes nubes como el aliento frío de los campos. Frescas violetas corren hacia su viso purpúreo. ¡Oh, Dios oscuro! ¡Oh, impasible y dolorida tierra! Cumplidos están estos destinos, y algo solemne y denso hacia ti desciende, como el vuelo de un ángel cuya cosecha fue espléndida. Algo lleno de sufrimiento y de inocencia, como una oración repetida desde el infierno, un sonido de arterias donde el amor ardió de un solo golpe, de amantes razones desarbolados hasta el musgo. Son las rotas sonrisas, los miserables sueños por fin innecesarios, los ropajes cubriéndose de azules y menudas setas, los cabellos ya desiertos, el rumor de las hojas caídas en vano los grandes bosques,conduciendo hasta el fondo de la noche estos pobres cadáveres mojados por la lluvia.
“Lo que ocurre en un lugar del universo a una partícula afecta instantáneamente al resto de las partículas del universo.”
(Bohm lo llamo el orden implicado.)
Son los pequeños detalles, no lo he olvidado,
son la suma de infinitas partículas de nadas
que conforman un todo hasta que lo hacen estallar.
Y estalla.
Estalla tristemente delante de la taza del café,
dice: fin
y maldice lo mejor que es capaz todos los diccionarios.
Son los brevísimos obstáculos para llorar o decir
los que cierran la cara y la llevan a lugares inhóspitos
en los que no hay comida ni te alegra la música
ni sirven para nada tus pies o el diámetro del aire,
¡y pensar que podríamos no habernos conocido,
al fin y al cabo, algo tuvimos,
ya no seremos más unos desconocidos aunque duela!.
Son los infinitesimales acuerdos que tampoco nos valen,
el punto más feliz de la imaginación que también nos falló,
es hoy, ayer, mañana,
la maraña de caras de Borges que siempre son la misma
y eso es lo peor.
Ritual del olvido, el lamento,
ese templo perverso en el que suena un aria
y te derrumbas en átomos muy niños,
y eras un hijo de mi carne que llamaba a mi piel por las tardes,
y eras un hombre que llamaba a mi sexo en la noche,
y eras un cántaro de tierra que me hacías virar
junto a las ondas y las olas,
y eras el as de la dicción, el sofisma endiablado
en el que los poemas y los ángeles se te parecen,
ritual de las horas describiendo
solamente palabras, solamente la voz, solamente lo eterno,
palabras nada más aunque duela.
Así es como sucede, está sucediendo, ahora mismo lo es,
como se cae una hoja seca sin lágrimas ni ojos,
sin nevera, sin agua,
daré largos paseos, nuevamente lo abstracto
pensando en no pensar,
acercarme aún así cuando regrese a casa
por si hubieras dejado una huella, la esperanza que no se muere ni de muerte *,
no necesito ya los asteriscos,
todo me es útil para tender mi alma como si fuera mi cuerpo,
para entender mi cuerpo como si fuera un alma.
Romper los alegatos para crearse apenas con el oxígeno
y con las horas,
saber de ti como mi mejor aliado y aún así me abandonas,
en cualquier circunstancia, no lo he olvidado,
los pequeños detalles, yo lo he vivido.
Me refiero a esto que no acaba de cuajar hablando del fin,
pensando en ello
se me abren todas las ganas de que pudiéramos arrebatar la f
en el mitad de la frase, tú no lo pienses, yo lo pensé,
como si fuera en la mitad de otro sitio: Mutari In Alitem, transformarnos en pájaro,
la probabilidad, no lo puedo evitar, en este mundo y en los otros
espiar la materia y atravesar vientres y ranuras
como si fuéramos la luz y es que lo somos.
El objeto a o el sujeto de la partícula o el cosmos
intervenidos por alguien,
citemos a Heisenberg para no estar tan solos,
para no comportarnos como ellas se comportan
y esperar
aquel observador pasajero que vive y estalla
adentro de nosotros,
nosotros mismos,
y nos confunde con teorías y alguna noción de economía,
estética o producto social, pero esto ya lo había dicho, yo ya lo sé,
y qué importa
si no ha servido para nada,
tampoco servirá, no hay que temer.
Yo estoy hablando de verdad del final y eso que lo exploramos todo,
o casi todo, esa es mi pena,
tenernos que comparar con el gato de Schrödinger,
muertos y vivos a la vez.